domingo, 18 de noviembre de 2018

La era de la Posverdad

¿Cómo debe sentirse uno si le dicen que vive en una época en la que la verdad (y por verdad, me refiero a LA VERDAD, con mayúsculas, como concepto) está muriendo? Bueno, cierto es que puede sonar alarmista, y muchos fruncirían el ceño con escepticismo y extrañeza si oyeran algo así. Yo mismo no hacía tanto que cuando me decían que el mero concepto de lo que es cierto y lo que no lo es se estaba difuminando, tendía a ser optimista al respecto, diciendo que no era para tanto.
¿Qué me ha hecho cambiar de opinión? Pues una sola palabra: Posverdad.

El concepto muchas veces es confundido con simplemente mentir, pero creo que eso es casi pintarlo de inocente. La posverdad es el proceso mediante el cual se distorsiona la verdad, incluso cuando esta es empíricamente comprobable, hasta el punto que tanto ella como cualquier otra versión falsa suenan igual de plausibles. En otras palabras: no es tanto mentir, como es allanar el camino para que la mentira y la verdad lleguen a ser indistinguibles. Y no, no es un modernismo precisamente, ni siquiera la palabra que lo define.


Se dice que fue en 2010 cuando por primera vez se mencionó la ''posverdad'' tal y como la conocemos actualmente. Algunos creen que fue el bloguero David Roberts quien lo hizo primero, mencionando la ''política de la posverdad'' en dicho año, pero eso no es cierto. Ya en 2004 Ralph Keyes escribió un libro titulado: The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life, y el periodista Eric Alterman criticó al presidente George W. Bush y su administración por los informes erróneos sobre armas de destrucción masiva que llevaron a la invasión de Iraq tras los atentados del 11 de Septiembre. Y es que no solo el término no es precisamente nuevo, la táctica, es tan vieja como el mundo. La diferencia es que nunca había sido tan efectiva, hasta el punto de que hoy día, la situación es ya dantesca.


Es imposible señalar un lugar y un tiempo en el que este proceso comenzara a ser tan peligroso, pero hay un evento que deslumbró y dejó perplejo al mundo entero, y que es un ejemplo claro como el cristal: las Elecciones Presidenciales de 2016 en los Estados Unidos.




A poco que alguien sepa de ello, es mencionar esas elecciones y automáticamente se conjura la imagen de un histriónico candidato... o ser humano, en general: Donald J. Trump.

Sin entrar en política, se puede decir que este hombre tiene una de las bases de votantes más leales que existen, y la ha conseguido a base de, entre otras cosas, mentir como si lo fueran a prohibir.
The Washington Post numeró en Septiembre de este año las mentiras contadas por el ahora presidente, y son 5000 (noticia mencionada aquí). 5000 en menos de dos años de mandato, y sin contar todas las que dijo en la campaña electoral. Esto puede plantear dos preguntas: uno, ¿y qué hay de nuevo en que un político mienta?, y dos, ¿cómo es capaz de mentir tanto, y mantener una base de votantes y fans tan dedicados?

La respuesta a lo primero, es que no, no hay nada de nuevo en que un político mienta. Lo que ha cambiado es la gravedad de la mentira, y las consecuencias que afrontan por contarla. Hace medio siglo, en ese mismo país, un mentira pequeña podía costarte tu puesto y tu honor, y eran mentiras políticas típicas: ''no, no soy culpable de este escándalo (aunque en realidad lo sea)'', e intentos de mentir ligeramente para criticar a tu rival o convencer a tus votantes. Esta gente de ahora, son capaces de decirte que el cielo es rojo, decir que eres imbécil por creer que es azul, convencer a varia gente de que es como ellos dicen y salir del asunto de rositas, sin repercusiones. Ese es el nuevo problema .

La respuesta a lo segundo es precisamente la raíz del problema. Trump, a ojos de la mayoría de sus conciudadanos, no miente, porque antes de decir todo lo que lo hizo famoso por todas las razones equivocadas, en Estados Unidos comenzó a popularizarse la posverdad, y el concepto en sí de lo que era verdad se destruyó para casi la mitad de su población. Donald Trump está lejos de ser la causa de esto ( el origen es mucho más complejo, y se pueden llegar a señalar culpables notorios como las redes sociales, pero eso es harina de otro costal para otro día), pero fue el catalizador perfecto. Mucha gente en situaciones difíciles personal y económicamente se sentían cada vez más fuera de lugar en un mundo cambiante y que, a su parecer, estaba montado en su contra. Un mundo de información siempre cambiante, en el cual entidades como internet, que si bien es muy positivo para algunas cosas, es muy negativo para otras, contribuyeron a que todo el mundo, a veces incluso la gente menos indicada para ello, pudiera aportar su 'granito de arena' a ese torrente de información.

No se necesitaba tener credenciales o buen material de investigación para ser una figura de autoridad en las ''noticias de la actualidad'', tan sólo necesitabas tener una voz, y por arte de magia el número de ''likes'' empezaron a ser las únicas credenciales necesarias, el buen material era aquel que la gente quería oír, cierto o no, y la verdad tomaba un tercer o distante quinto puesto en importancia a la hora de discutir los temas de actualidad que definen nuestras culturas. Las voces más altas y estúpidas dejaron de ser los hazmerreíres, y empezaron a ser los nuevos ''periodistas'', y la gente no tenía que esforzarse en aceptar la verdad o luchar por cambiarla, pues ahora podían elegirla, incluso si ésta contradecía datos de naturaleza matemática. Mientras los periódicos y medios tradicionales observaban impotentes como mientras sus ventas se resentían, esta nueva raza de vendehumos no hacían más que crecer. No vieron otra solución al problema que sensacionalizarse más con el fin de conseguir competir con ellos, y con el nacimiento de esa nueva ola de sensacionalismo, moría un poco más la objetividad.

Y en este ambiente, con un porcentaje importante de la gente prefiriendo inventarse una realidad a cambiar o aceptar la actual, y con la prensa más debilitada que nunca en su labor de correctores, Trump irrumpió en la escena política, diciendo que no eran la falta de regulación en Wall Street o la codicia corporativa la que estaba buscando la ruina a la clase media americana, sino que eran los inmigrantes, incluso cuando, por ejemplo, la inmigración mexicana a los Estados Unidos estaba en un bajo histórico. Que EE.UU. no llevaba una década de crecimiento económico continuo, como todos los datos sugieren, sino que América estaba peor que nunca. Llegó incluso a insinuar sin pruebas que el padre de un rival político, Ted Cruz, había matado a Kennedy (no, no es broma, noticia aquí). Y todos aquellos votantes que llevaban ya tiempo sumergidos en esa marea de desinformación y de conjeturas disfrazadas de certezas hicieron cola para escucharlo.

Pero el mejor ejemplo, es el del 'Birther Movement', un movimiento conspiranoico propulsado más que nadie por él, que trataba de convencer a la gente de que Barack Obama no era un presidente legítimo porque había nacido en Kenia, en vez de en suelo americano, cosa que no era cierta en lo más mínimo. Pero no solo convenció a miles de americanos ya predispuestos a odiar al presidente, sino que cuando él mismo llegó a ese cargo, negó jamás haber cuestionado a Obama aunque había vídeos y cientos de tweets suyos así como noticias y entrevistas, y en el giro de 180º más arriesgado que he visto en mucho tiempo, culpó de haber empezado el movimiento a Hillary Clinton, su rival en las elecciones presidenciales, ex-Secretaria de Estado de Obama y candidata del mismo partido que dicho presidente. Y cuando ésto ocurrió, todos sus seguidores asintieron y dijeron que por supuesto que había sido así.

Ese es el mundo en el que casi media población vive, o mejor dicho, escoge vivir, y para aquellos que piensan que es algo que ocurre solo al otro lado del Atlántico, deberían saber que todas las campañas exitosas de la ultraderecha xenófoba europea que han aflorado por el continente siguen este mismo procedimiento, del cual no se libra ni España. Las mentiras políticas en el viejo continente cada vez aumentan en magnitud, y con ellas, la impunidad y la desfachatez de los líderes que las cuentan. Incluso el Brexit, el mayor terremoto político-económico del siglo de los últimos años está basado en mentiras soportadas únicamente por una realidad muy distorsionada: Las mentiras del Brexit




Y así comienza una nueva era, la Era de la Posverdad, una era en la que no están en juego un par de trifulcas bélicas o ideológicas entre grupos o países, sino en la que están en juego el concepto en sí mismo de objetividad y verdad. Esta no es una batalla que nos podamos permitir perder. Podemos recuperarnos de perder una guerra o de sufrir una catástrofe, pero no sé si nos podemos recuperar de perder el concepto lo que es, y no es. La Era de la Posverdad ha comenzado, pero es hora de que nos demos cuenta de que tiene que terminar.

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