Si una sola persona frustrada puede ser preocupante, ¿cómo de peligroso puede ser un país en el que la mitad de su población lo está?
El Mundo Occidental, especialmente Europa, no se ha sentido tan inquieto desde el final de la Guerra Fría: crisis económica, terrorismo, refugiados viniendo desde sus países escapando de guerras brutales, tensiones diplomáticas con Rusia por la invasión de Crimea, la competición comercial que se sostiene con gigantes asiáticos como China... Para el hombre común, parece que los problemas no hacen más que crecer, y nadie parece estar haciendo nada para solucionarlos. No me malinterpreten, aunque suena catastrófico, lo cierto es que el mundo no va a estallar, pero sí que está revuelto.
Sin embargo, es en tiempos difíciles cuando los listos y los avispados encuentran la oportunidad de presentarse como salvadores ofreciendo soluciones fáciles a problemas increíblemente complejos.

Una ola de partidos políticos extremistas arrasó las costas de la política europea, elección tras elección. En Italia, La Liga de Mateo Salvini se colocó en una posición lo suficientemente fuerte como para hacerle Ministro de Interior. En Alemania, AfD, un partido con similitudes ideológicas a los nazis (ya de entrada, no tienen empacho en suavizar los horrores del Holocausto), obtuvo más de 90 escaños en el Bundestag, y es el mayor partido de la oposición. En Francia, Marine le Pen, del Frente Nacional, la cual es heredera de una dinastía política y personalmente bastante deplorable, llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de dicho país. En Grecia, Amanecer Dorado, un partido abiertamente nazi, con esvástica psicodélica y todo para completar el dantesco cuadro, tiene 15 escaños. Polonia, Suecia, Hungría, Austria, Países Bajos... Los casos se multiplican.
Por eso no me sorprendió demasiado cuando la semana pasada, en las elecciones regionales en Andalucía, el partido de extrema derecha Vox obtuvo 12 escaños. Si me pillaran en un día muy, muy optimista, casi diría que me siento orgulloso de que en España nos hayamos resistido tanto tiempo a los encantos de la derecha y la izquierda más rancia.
Podría tirarme más de 20 páginas de Word diciendo por qué si bien al leer el programa electoral de dicho partido no parece muy descabellado, ninguna de las medidas que proponen para alcanzar sus ''maravillosos'' objetivos puede funcionar. Podría también ligar, como he hecho antes, la precaria situación educativa de España al hecho de que planes tan pobremente preparados tengan sentido para un numero sustancial de votantes. O podría también indicar cómo el hecho de que en su página web mantengan que ''España salvó a Europa del Islam'' no sólo parece sacado de Antonio Recio, el de ''La que se avecina'', sino que es históricamente... tirando a incorrecto. El avance islámico que conquistó la Península fue detenido mucho antes de La Reconquista en Poitiers por los francos, aparte de que, Islam o sin él, Al-Ándalus fue un reino rico en objetos y en cultura, bastante más religiosamente tolerante que la España de los Reyes Católicos, por ejemplo. Es lo que tiene sacar la información de libros y fuentes pragmáticas, en vez de sacarlo del Ministerio Nacional de ''He oído'' y ''Me parece''.
Pero no voy a hacer eso hoy. Lo que quiero en esta entrada es señalar lo que veo como un problemilla con la sociedad española que va mucho más allá del triunfo de Vox: la comodidad y vaguería democrática española.
En todos estos países hay intolerantes, racistas, xenófobos, fascistas... llamémoslo X, pero nunca son un número lo suficientemente alto como para ganar unas elecciones. Dicho ésto, ¿por qué entonces parte de votantes independientes y no tan independientes deciden votar a estos ''candidatos de Frankenstein''? Pues porque en todos estos países hay un alto índice de desconfianza en las instituciones del Gobierno. En todos estos países hay un alto porcentaje de ciudadanos que tan solo ven promesas vacías, burocracia e inutilidad pura en las organizaciones que deberían representarlos y proteger sus intereses. Hay veces que es difícil tratar de convencer a personas, algunas con hijos, que llevan años sin trabajar y en una situación tirando a precaria que se está trabajando por ellos, que tan solo han de ser pacientes. Esta frustración lleva a querer lanzar un ''cóctel molotov'' (metafórico, espero) contra todas esas instituciones que les han fallado una, y otra, y otra vez. Y ese no es un sentimiento ajeno para la España de hoy, en la que de acorde al CIS en 2016, el nivel de satisfacción con la democracia y las instituciones era de 4,54/10. Y eso era antes del apogeo del conflicto catalán y de la moción de censura contra Mariano Rajoy. España también está harta de su propio sistema. Y dado que no hay mejor ''cóctel molotov'' que los candidatos extremistas, España encontró el suyo en el Vox de Santiago Abascal.
Pero lo cierto es que, ni ésta era la única manera de mostrar frustración, ni un acto así es simplemente una manera inocente libre de consecuencias a largo plazo con la que podemos protestar.
Mientras otros países tomaban medidas drásticas contra la precariedad y los banqueros y accionistas cuya irresponsabilidad nos llevó a las crisis económica de 2008, todo en respuesta a las protestas masivas que tomaban lugar en sus calles, los españoles se manifestaron poco, tarde, y no en los mismos números. Mientras recorte tras recorte tomaba lugar, eviscerando las instituciones públicas de la sanidad y la educación, una vez más, fallamos en comparación a otros países a la hora de, justamente, poner el grito en el cielo. Cuando leyes que atacaban la libertad de expresión fueron aprobadas, más de lo mismo, al igual que cuando se descubría que parece ser que no hay político libre de corrupción en nuestro país. No me malinterpreten, sí que hubo protestas, pero no fueron tan multitudinarias como debieran haber sido. ¿Por qué? Porque un gran número de españoles prefiere quedarse cómodo en casa en esos momentos, quejándose enfrente del televisor o de la barra del bar en vez de en las calles. Eso sí, cuando, como dicen los anglosajones, ''la mier** llegó hasta el ventilador'', fue más fácil mandar a las instituciones a verdaderos demagogos con un gran abanico de políticas inviables. Políticos cuyas bravatas podrían afectar seriamente la vida y libertades de muchos de sus conciudadanos. Y todo para enviar un mensaje que podrían haber mandado de muchas otras maneras. Lo normal, vaya.
Y respecto a lo que he dicho de que estos actos tienen consecuencias a largo plazo muy nefastas, fijémonos en EE.UU. Concretamente, en Donald Trump, su presidente y persona que me gusta usar como ejemplo humano de todo lo que no se debe de ser y hacer en esta vida. Sólo un 18% de estadounidenses aprueban la labor del Congreso de acorde a Gallup Polling, y por eso en 2016, frente a Clinton, una candidata con experiencia que veían como representante de la élite de Washington D.C., decidieron elegir a un hombre de negocios polémico y sin experiencia de gobierno, del mismo corte que todos los políticos anteriormente mencionados, como Comandante en Jefe. ¿Resultados? Una guerra comercial totalmente innecesaria con China, un TRILLÓN de dólares más en la deuda nacional, una división de proporciones bíblicas nunca vista entre progresistas y conservadores, y lo peor de todo, una posible crisis constitucional sin precedentes en la historia del país. Trump ha dinamitado la confianza de instituciones legendarias como la C.I.A., o el F.B.I. solo porque le llevan la contraria en algunas cosas. Ha incluso sugerido que va a desafiar abiertamente la ley cuando dijo que, en el caso de ser implicado en un caso de corrupción y conspiración contra su propio país, podría utilizar el poder del Perdón Presidencial para perdonarse sus propios delitos. Y lo peor es que no hay nada escrito explícitamente en la Constitución que le impida hacerlo, porque los padres fundadores de dicha nación jamás pensaron que semejante clase de individuo podría haber ostentado el cargo. Es la misma razón por la que si pones a un gato a conducir un camión, lo más seguro es que lo estrelle, ya que los fabricantes nunca pensaron que nadie pondría un gato al volante. Si creen que Trump no tiene nada que ver con, por ejemplo, Vox, les sugiero que lean ambos programas electorales y comparen.

Resumiendo:
Esta clase de arriesgados movimientos de protesta electorales por parte de la ciudadanía española parecen, más que una legítima protesta contra las instituciones, una manera poco informada, perezosa y ''comodista'' de pronunciarse ante la clase gobernante. Porque si hay una ley que no nos molesta en absoluto, es la Ley del Mínimo Esfuerzo. De todas maneras, aún estamos a tiempo de no cometer el mismo error que otros países, y de protestar de cualquiera de las maneras que no amenazarían los mismos pilares sobre los que se sostiene un sistema. Porque en el fondo, los votantes tienen que preguntarse si cuando los políticos de los extremos hablan, lo hacen con su voz y comparten sus ideales. Si están dispuestos a darles las riendas del futuro de sus hijos, nietos, y conciudadanos.
Porque claro, cuando tiras un ''cóctel molotov'' al techo, puede que la casa se te caiga encima ardiendo.
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